Con el tiempo he aprendido que soy lo que soy y como soy, que jamás voy a verme como los demás me ven, que yo jamás voy a estar conforme con lo que veo. Y no es tampoco que no me acepte, ya aprendí a hacerlo y a no desagradarme a mí misma. El no gustarme no empezó con la obesidad, quizá fuera al revés. Pero cuando todos aseguraban que yo era linda, jamás me vi así.
Cuando empecé a tomar conciencia de que los demás jamás nos ven como uno mismo se ve, empecé a aceptarme y a reconocerme de otra forma. Entendí que es cierto que estoy gorda, pero eso no me hace fea, que la ropa muy suelta me hace verme más gorda en vez de tapar mi gordura como yo pensaba y que si hay alguien a quien no le gusta como me veo es su problema, no el mío.
Desde el momento en que uno se da cuenta de estas cosas es cuando se puede empezar a hacer algo por mejorar tanto el aspecto físico, como el anímico e incluso el psicológico. No siempre logramos alcanzar nuestras metas o si las alcanzamos no siempre logramos lo que queremos como lo queremos. Lo importante es que en esa serie de reconocimientos y aceptaciones entendamos que somos falibles y que siempre y de cada cosa podemos aprender y crecer, porque ese es un camino sin fin hasta el último de nuestros días. Y si no logramos lo que queremos como queremos, habrá que preguntarse por qué y qué hicimos mal o dejamos de hacer para mejorarlo la siguiente vez que emprendamos algo nuevo.
Las sensaciones de fracaso, de insatisfacción y de falta de completud sólo son auto engaños que nos ponen obstáculos que debemos ser capaces de correr o de esquivar. Muchas veces esas sensaciones vienen acompañadas de una infructuosa búsqueda de felicidad. Y es que ese es otro engaño. La felicidad como estado permanente no existe en la vida de nadie. Para que eso pasara deberíamos vivir en una burbuja aislados del mundo que nos rodea sin ser capaces de ver lo que pasa a nuestro alrededor. Porque aún cuando nuestra vida sea satisfactoria y nos sintamos plenos, hay seres que amamos o que nos rodean que sufren. Para que no nos afecte en lo más mínimo deberíamos tener falta de empatía, una característica de los psicóticos. La felicidad existe, eso es seguro, pero son momentos. A veces son minutos, a veces horas y quizá incluso dure un poco más. Cuando sentimos que somos infelices y que jamás hemos conocido la felicidad es porque buscamos una utopía y olvidamos esos pequeños lapsos de tiempo en que lo hemos sido. A los que nos gusta el chocolate pero no podemos comer mucho, cada pedacito lo saboreamos lo suficiente para que la sensación de placer que nos produce nos dure mucho tiempo. Con la felicidad debemos hacer algo parecido. Cuando llega, hay que disfrutarla mucho y compartirla a otros para que se multiplique y no la olvidemos tan facilmente. Así cuando llegan los tiempos de infelicidad, sólo necesitamos recordarlos para sentir que no es cierto que nuestra vida sea una infelicidad permanente y evitar caer, de esta forma, en la depresión. Esa especie de monstruo que asola a muchos y los esclaviza.
Me senté a escribir esta reflexión con la extraña idea de que quizá pueda ayudar a alguien. Si es así, tendré mi momento de felicidad. Y si no, espero que al menos sirva como punto de partida de una amena charla entre quienes comenten y yo.
A todos y cada uno, mi más ferviente deseo de que vuestras vidas estén llenas de momentos felices y de aceptación a ustedes mismos.
La foto la tomé yo, la modelo es Graciela Berman.
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