Escrita y publicada el 08 de noviembre del 2011
Mi bobe era la más hermosa de todas las bobes. Aún en edad avanzada se podía ver lo bella que había sido en su juventud. Me contó muchas veces y sus hermanas lo han confirmado, la cantidad de pretendientes que tenía. En una ocasión en la que fuimos al cementerio, no recuerdo porque motivo, mi bobe señalaba diversas tumbas mientras decía: aquel fue pretendiente mío, ese otro también fue pretendiente mío, y así señaló varias. Aún siendo una mujer mayor era una rompecorazones. De hecho contando a mi zeide (al que no conocí) se casó cuatro veces y tuvo un novio.
Mi bobe recitaba romances de memoria y mientras lo hacía se le caían las lágrimas y, aunque a mí me encantaba escucharla, siempre le preguntaba por qué seguía recitando si la hacía llorar. Pero ella seguía recitando y aunque a mí no me gustaba verla llorar, disfrutaba escuchándola.
Mi bobe me contó montones de veces las mismas anécdotas de su niñez y juventud, y yo la escuchaba todas las veces porque cada vez que lo hacía sentía que me descubría un mundo nuevo y distinto donde había lecheros y camiones de hielo. Porque mi bobe nació a comienzos del siglo pasado y llegó a conocer éste.
Mi bobe supo adaptarse a los tiempos y debió aprender que no necesitaba cambiar de tema al aparecer sus nietos y que podía hablar con ellos de sexualidad. Llegó a compartir el miedo que tenía antes de casarse respecto al tema y tuvo que entender que las cosas habían cambiado y ya no eran como en su época.
Mi bobe hacía los knishes más ricos del mundo y preparaba el Hering más delicioso que haya probado jamás. Hubo un tiempo en el que fui a la escuela cerca de su casa, ella me iba a buscar y me llevaba a la suya donde siempre tenía un Hering preparado para mi merienda y yo lo disfrutaba.
Mi bobe sabía hacer comidas ricas, sustanciosas y dietéticas. Viví dos meses con ella y en ese tiempo me puse a dieta. Mi bobe no sólo me apoyó y me alentó, si no que me cocinaba comidas que me ayudaran a bajar de peso y disfrutara. Fue la vez que menos me costó hacer dieta.
Mi bobe tenía un montón de objetos maravillosos y rompibles. Sufría por el miedo de que le rompiéramos algo y es que mi bobe tenía muchas cosas frágiles pero a la vez llamativas e interesantes y en nuestra infancia (hablo por mis primos, hermana y por mí) nos costaba mucho no tocarlos.
Podría escribir un libro hablando de mi bobe, lo mucho que la quería, el miedo que tuve cuando me vine a Israel de no poder volver a verla nunca más ni volver a abrazarla, lo maravillosa que era para mí, el mucho amor que recibí de ella y el dolor que siento porque el miedo se cumplió ayer, cuando se fue para siempre dejándome con este dolor de no haber podido cumplir mi ilusión de ir a verla antes de que muriera. Hoy lloré todo el día por ella, y en medio de las lágrimas a veces se asomaba una sonrisa cuando recordaba algunas de las tantas cosas que disfruté a su lado. Mi bobe murió ayer, pero mi amor por ella no y su recuerdo va a estar siempre conmigo. Esta nota es un homenaje a su memoria y una forma de que muchos sepan que existió una mujer maravillosa, a la que amé mucho y que valía más que el oro llamada Rosita Fleiderman.

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